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© FEI | 28/10/2025 | Hilma af Klint

Hilma af Klint, pionera de la abstracción en el arte

Nacida en 1862, su obra no fue realmente reconocida hasta bien entrado el s. XXI

31/10/2025

“Sin duda, es la primera pintura abstracta del mundo (...) se trata, en otras palabras, de un cuadro histórico” comentaba sobre su obra, en 1935, el pintor ruso Wassily Kandinsky en una misiva a su galerista. Pero lo cierto es que una mujer ya se había adelantado a esta visión del arte: Hilma af Klint, artista sueca, llevaba años dedicando buena parte de su obra a la abstracción, precediendo a quién pasaría a la historia como uno de los “padres” de este estilo.

Hilma af Klint nació el 26 de octubre de 1862 en Solna, un pequeño ayuntamiento situado al norte de Estocolmo, en el seno de una familia acomodada en la que se daba gran importancia al arte y el conocimiento. Este contexto le permitió satisfacer, desde muy joven, su gran curiosidad por el mundo natural y por la ciencia, dos intereses que marcarían tanto su vida como su obra.

En 1880, af Klint se matriculaba en la Universidad de Artes, Oficios y Diseño de Estocolmo para estudiar pintura y, un par de años después, ingresaría en la Real Academia de Bellas Artes de Estocolmo, convirtiéndose en una de las primeras mujeres europeas en alcanzar una formación académica en arte. Allí, Hilma destacó por su precisión técnica y por el dominio del dibujo, iniciando una carrera prometedora como paisajista y retratista. La calidad de su trabajo hizo incluso que la academia le proporcionase un estudio, junto a otros dos compañeros, en la zona más bohemia de Estocolmo, donde pudo desarrollar su talento y entrar en contacto con los círculos artísticos del momento. 

“Las Cinco” y la llamada del invisible

A pesar de la gran técnica que poseía y el extraordinario trabajo que realizaba, Hilma se vio expulsada de muchos de esos círculos, que consideraban la creación como una actividad intrínsecamente masculina. Así, junto a cuatro compañeras - Sigrid Hedman, Cornelia Cederberg, Mathilda Nilsson y Anna Cassel, que se convertiría en su amiga más allegada y compañera de trabajo- formó, en 1896, el grupo De Fem (“Las Cinco”). Las cinco artistas se reunían habitualmente para celebrar sesiones de espiritismo - muy de moda entre intelectuales de la época-  y para practicar la escritura y el dibujo automáticos, convencidas de que seres superiores se comunicaban con ellas a través de ese proceso.

Aquel contacto con el mundo espiritual también transformó por completo la manera de entender la creación artística de Hilma af Klint. Comenzó a recibir, según ella misma relató, instrucciones para mostrar a la humanidad los mensajes de esos seres espirituales. Así nacieron, entre 1906 y 1915, sus obras más sorprendentes: un conjunto de 193 pinturas y dibujos que tituló “Pinturas para el Templo”, pues estaban pensadas para ser instaladas en un templo helicoidal.

El nacimiento de la abstracción

Aunque continuó realizando retratos y paisajes que le permitían mantenerse económicamente, Hilma comenzó a introducirse en el arte abstracto a través de la espiritualidad. Círculos concéntricos, espirales, figuras geométricas, bloques de color... su lenguaje pictórico era totalmente innovador. Estas imágenes, que pretendían representar el mundo espiritual más que el material, se adelantaban en varios años a las composiciones de Kandinsky, Malevich o Mondrian, que la historia del arte situaría después como precursoras de la abstracción.

Sin embargo, af Klint no buscó exhibir aquellas obras en grandes exposiciones. Sabía que su contenido simbólico y su lenguaje visual resultarían incomprensibles en su tiempo y, aunque las mostró en pequeños círculos, redactó expresamente en su testamento que no se revelasen al gran público hasta veinte años después de su muerte. Asimismo, dedicó parte de su labor a analizar su propia obra, recogiendo en decenas de cuadernos miniaturas de los cuadros con las correspondientes explicaciones teóricas.

Hilma murió en 1944, a los 81 años de edad, tras sufrir un accidente de tranvía. Su sobrino, Erik af Klint, último heredero de la artista, abriría veinte años después los baúles donde la pintora había guardado gran parte de su obra, encontrando más de mil cuadros y decenas de miles de páginas con anotaciones.

Silencio y redescubrimiento

Solo a partir de los años 80 los cuadros de Hilma af Klint comenzaron a despertar interés, y no fue hasta bien entrado el s. XXI que la gran exposición retrospectiva organizada por el Museo Guggenheim de Nueva York consiguió que su nombre fuera definitivamente reconocido en la historia del arte a nivel internacional, batiendo todos los récords de asistencia.

Hoy, la mayor parte de su obra se custodia en la Fundación Hilma af Klint y, aunque en el imaginario popular siguen resonando con fuerza otros nombres, su reconocimiento no deja de crecer. Y es que la belleza de sus composiciones, sus grandes conocimientos técnicos, la ruptura con las normas de la pintura académica y el valor de haber creado un lenguaje propio la sitúan como gran precursora del arte abstracto y de una nueva manera de entender la creación.

 

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